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Rajoy apareció cual político de Estado, como un Alonso Quijano, y con un lenguaje casi poético, leía para ensalzar el círculo virtuoso que provoca la inversión que genera empleo, para que empleadores y empleados paguen impuestos y consuman, y resplandezca el Estado del Bienestar, rememorando a Quijano alabando a Amadís de Gaula.
Rubalcaba intentaba atraer a Rajoy a la política real, a la que se ejerce a ras de suelo, en el terreno de lo concreto y lo cotidiano, subsidio de desempleo, pensiones, convenios laborales. Incluso en el personal, aborto, igualdad, matrimonio entre personas del mismo sexo, pero todo fue en vano, Rajoy no quería entrar a hablar de lo penoso y vulgar de la vida, seguramente, porque, copiando a Jefferson, ya había prometido guiar a los españoles a la felicidad.
Lastrado Rubalcaba por la explosión de la economía, cuando era miembro del Gobierno, las propuestas que ofrecía se estrellaban contra el frontón levantado con la pregunta: ¿por qué no lo ha hecho antes?
Al futuro se refirieron con promesas inconsistentes, pero aunque creyeran que no depende de ellos, al menos debieron advertir a los ciudadanos del cambio brutal al que estamos asistiendo en Occidente, no solo en el terreno económico, sino también en el político que se pretende suplantar por el financiero. Para verlo, basta con mirar que las protestas de los indignados con sus acampadas, están teniendo lugar en los dos centros financieros más importantes del mundo, Wall Street y la City, en lugar de estar frente a los Parlamentos de Westminster o del Capitolio.
Insistieron en la falacia de la bajada de tipos de interés y cambios en la legislación laboral, para animar la inversión, olvidando que el empresario solo invierte si ve posibilidades de ganar dinero, como se demostró en años pasados, cuando los tipos de interés estaban más altos y la legislación laboral era más dura para la empresa.
Pero como no parecían tener muchas propuestas para el incierto futuro, retornan al pasado, y juegan con la burbuja inmobiliaria pasándola de un lado a otro de la mesa, sin manifestar la menor preocupación por las consecuencias que está provocando en cientos de miles de ciudadanos, que están haciendo frente a las ejecuciones hipotecarias y a los desahucios, quedando sin la vivienda y con la deuda.
Pero hete aquí, que lo que no merece atención cuando se trata de los ciudadanos, adquiere otra categoría cuando la vivienda y el suelo están en el balance de los bancos. Tras oírlos, saqué la conclusión de que los bancos terminarán socializando las pérdidas que les han producido los errores cometidos en la creación de la burbuja inmobiliaria, porque las ganancias ya están repartidas en beneficios, bonos, pensiones e indemnizaciones. Mi generación ha conocido tres reestructuraciones bancarias, ¿cuántas tiene que haber para convencernos de que no realizan adecuadamente para la sociedad la función que tienen encomendada?
La vivienda mereció muy poca atención más, se mantendrá el IVA reducido si gana el PP, y sobre las desgravaciones fiscales si gana el PSOE alcanzará hasta rentas de 30.000 euros y, si gana el PP, es probable que haya también un límite de renta para la desgravación, en lugar de ser general.
Finalmente se discutió sobre austeridad total con bajada de algunos impuestos, por parte del PP, y austeridad más suave acompañada de incentivos fiscales y nuevos impuestos para las grandes fortunas, tabaco y bebidas alcohólicas, por parte del PSOE.
Con unos toques a las restricciones y privatizaciones que están llevando a cabo las Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, negadas por Rajoy, se llegó a la conclusión del mal llamado debate, con un gran acto de gran ruindad por parte de Rajoy. Él, que no dudó en morder el tobillo del presidente del Gobierno, y no soltarlo durante la primera legislatura de Zapatero, con el problema de ETA, poniendo los muertos encima de la mesa cuantas veces consideró que favorecían sus intereses, desaprovechó la ocasión de agradecer al que fuera Ministro del Interior, haber conseguido que la banda terrorista dejara las armas, y en un acto de cinismo sin precedentes, los dos se ofrecieron desinteresadamente para reconducir la nueva situación creada en el País Vasco. Dos días después no se han podido poner de acuerdo ni para emitir un comunicado conjunto. Como en el Quijote se es lo que no se es.
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