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¿Hasta cuándo? No se sabe. Pero, a partir de ahora, cada tahúr tiene garantías estatales de que los vencimientos de sus partidas del pasivo con el que han adquirido activos que valen menos del precio pagado por ellos se atenderán. Además, como esos activos devaluados que no tóxicos siguen perjudicando al balance por más que se refinancie su adquisición, el Gran Padre Estado les ofrece comprarlos. ¿A qué precio? Tampoco se sabe.
Esta generosidad sin límites ha previsto también que, si a pesar de todo, el tahúr no pudiera seguir apostando entonces se le recapitalizaría, es decir, el Estado se haría socio de él aportando capital para que el otro lo juegue.
Hasta ahora ninguna autoridad monetaria ha sido expulsada de su cargo, a pesar de haber quedado de manifiesto su incompetencia o dejadez al permitir que la crisis financiera abriera las puertas, todavía no cerradas, a una recesión mundial. Por el lado de los jugadores, salvo alguna excepción al otro lado del Atlántico, siguen gestionando los mismos privilegiados que disfrutan de todo tipo de prebendas.
La jugada ha sido magistral. Los políticos doblegados ante los banqueros aparecen como protagonistas de la solución, mientras el dinero va a manos de los segundos, sin que cambie regulación alguna y mucho menos se les diga que tienen que hacer con él.
Aunque para ello hayan puesto al mundo del revés. Países como Estados Unidos y el Reino Unido, baluartes del liberalismo y que hacen gala de que lo privado es bueno, mientras que lo público malo, no dudan en nacionalizar algunas entidades financieras, mientras que otros países europeos, de corte socialdemócrata, entre ellos España, prefieren agotar todos los caminos antes de entrar en el capital de estas entidades.
Las bolsas recuperan la fiesta al olor del dinero y brindan gozosas celebrando su acierto, mientras la economía real espera temerosa de que se termine la fiesta antes de haber tomado la primera copa.
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